Percepciones sobre el riesgo

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En esta ocasión, el análisis propuesto para esta entrada del blog se centra principalmente en el apartado del barómetro enfocado en el análisis de las percepciones sobre riesgos asociados a comportamientos, que se abordará desde una doble vertiente. 

Por una parte, desde la perspectiva de vulnerabilidad -si se sienten seguros o no, en definitiva- que los y las jóvenes manifiestan hacia determinadas situaciones que pueden potencialmente formar parte de su vida cotidiana, y las diferencias intergéneros en estas percepciones. Es decir, un análisis del “peligro contextual” al que pueden verse sometidos. Por otra parte, un acercamiento a la vivencia de los riesgos desde su vertiente de compensación, es decir, hasta qué punto parecen los y las jóvenes españoles proclives a adoptar ciertas conductas pese a los riesgos que suponen tales comportamientos, incorporando también a este análisis las diferencias entre géneros.

En lo que se refiere a las percepciones sobre vulnerabilidad, el “peligro contextual” , los datos del barómetro revelan que existe un elevado número de jóvenes, en algunos casos muy significativo, que declaran sentirse muy o bastante seguros – es decir, manifiestan una escasa sensación de peligro-  con respecto a ciertas situaciones que pueden ocasionar graves riesgos para su vida cotidiana. La pregunta mide el nivel de seguridad (o inseguridad)  percibido mediante una escala de 10 posiciones, donde 0 significa “totalmente inseguro” y el 10 “totalmente seguro” (Gráfico 1). 

Es muy llamativo que hasta un 40% de los y las jóvenes entrevistados se sienten “muy o totalmente seguros” (puntuaciones de 7 a 10 en la escala de 10 posiciones) con respecto a los “riesgos del consumo de drogas”. Proporción que sube hasta el 56.5% de los y las jóvenes si añadimos que los que se sienten “medianamente seguros” (posiciones de 4 a 6 en la escala). 

Encontramos tendencias muy similares para el resto de cuestiones; un 32.4% se siente escasamente vulnerable ante los riesgos de la conducción de vehículos, que se eleva hasta un espectacular 64.1% si añadimos a los que se sienten solo medianamente seguros en estas situaciones, dejando solo a un 35,9% de entrevistados que subrayan los potenciales peligros de la conducción. En parecidas proporciones de la escala de vulnerabilidad se ubican los y las jóvenes para el resto de elementos sujetos a análisis; un 30.8% se siente absolutamente seguro con respecto a los peligros de la violencia física (un 56.7% si sumamos los medianamente seguros) , un 38.7% con el acoso escolar o laboral (61.5% con aquellos que se posicionan en los puntos 4-6 de la escala), un 36.9% con respecto a los riesgos sexuales (61% considerando medianamente seguros) y un 34.8% para los potenciales riesgos de las redes sociales, 60.5% añadiendo a los medianamente seguros.

En definitiva, y separando las categorías del grado de vulnerabilidad los datos nos hablan de una distribución bastante clara; aproximadamente 3 de cada 10 de los y las jóvenes no muestran gran preocupación ante los potenciales riesgos evaluados -cualesquiera que sean éstos- y declaran enfrentarse a estas realidades desde una postura bastante positiva. Casi 4 de cada 10 se posicionan en el terreno contrario y se muestran especialmente vulnerables. El último tercio de jóvenes se mueve en una cierta tibieza, manifestando cierta vulnerabilidad ante estos potenciales peligros, pero no especialmente elevada (posiciones 4 a 6 en la escala).

Ahora bien, estas cifras tan llamativas inicialmente presentan matices en función del género (Gráfico 2). Si tenemos en cuenta el dato de alta inseguridad o gran vulnerabilidad percibida (posiciones de 0 a 3 en la escala de seguridad), las diferencias por género son bastante elocuentes, en especial en algunos elementos.

Las diferencias son estadísticamente significativas para todos los elementos sujetos a evaluación, aunque hay elementos más o menos destacados por la distancia perceptiva que se da entre hombres y mujeres. La mayor diferencia en términos de vulnerabilidad se ubica en lo referido a la conducción de vehículos; 41.6% de ellas se declaran muy inseguras o vulnerables en estas situaciones, frente al 30.9% de los hombres, más de 10 puntos porcentuales de separación. 

Distancias algo menores, pero en línea con lo anteriormente analizado, encontramos en todas las cuestiones planteadas para el acoso en RRSS, 7.6 puntos porcentuales de trecho entre hombres y mujeres (35.8% frente al 43.4%, respectivamente).Prácticamente la misma separación porcentual en lo que respecta a potenciales casos de acoso en colegios o trabajo (el 42.1% de las mujeres se siente muy vulnerable, frente al 34.7% de los hombres, 7.4 puntos), en los peligros de la violencia física (47.1% vs el 39.4% masculino) o los riesgos asociados a las relaciones sexuales, donde el 42.1% de las mujeres se siente vulnerable frente a un 35.7% de los hombres. 

Las percepciones sobre la vulnerabilidad tienden, como puede verse, a ser sensiblemente desiguales entre géneros y el único caso en la que la diferencia se difumina se centra en los riesgos del consumo de drogas; los hombres que se sienten inseguros acerca de los mismos son el 41.2%, frente a un 45.9% de las mujeres. Pese a esta aparente cercanía porcentual, el contraste entre géneros en este caso sigue siendo estadísticamente significativo.

El lado complementario del análisis sobre riesgos y percepciones, decíamos al inicio, también se centra en el estudio de la compensación de la adopción de ciertos comportamientos pese a los potenciales perjuicios a asumir. Ya en la presentación inicial de los datos del barómetro (junio 2017) se mencionaba que un buen número de jóvenes parece, al menos así lo declara, dispuesto a adoptar con cierta convicción algunas conductas de riesgo por los beneficios que se obtienen de las mismas. Para este caso, la pregunta incorporada en el cuestionario del barómetro plantea el nivel de compensación mediante una escala de 10 posiciones, donde 0 significa “no compensa en absoluto” y el 10 “compensa totalmente”.  Para una mejor comprensión de los datos, se presentan las posiciones de la escala de 4 a 6 (compensación media) y de 7 a 10 (alta o muy alta compensación) y la suma de ambos porcentajes (Gráfico 3)

Existen ciertos comportamientos que, a la vista de los datos, compensan bastante a los y las jóvenes, al menos en lo declarativo. Entre ellos y con porcentajes muy llamativos el “practicar deportes de riesgo”, actividad que suma un 66.6% de jóvenes a los que compensa en mayor o menor medida su práctica (suma de alta y media compensación, posiciones de 4 a 10 en la escala). A un 41.4% le compensa mucho (también sumadas las posiciones de muy alta o compensación media) emborracharse, y para el 38.7% el estar enganchado a las RRSS también resulta muy atractivo, pese a los posibles inconvenientes.

Menores porcentajes de compensación, pero porcentualmente significativos, para la conducción temeraria (23.7%), “fumar porros” (23.2%) o “no emplear el preservativo en las relaciones sexuales”, algo que compensa solo al 14% de los y las jóvenes consultados. El resto despierta mucho menores acuerdos en cuanto a su atractivo, como “participar en peleas”, “colgar fotos en RRSS”, “consumir cocaína” o “conducir bajo los efectos del alcohol y otras drogas”, que solo parecen comportamientos atrayentes, en el mejor de los casos y como máximo, para uno de cada diez jóvenes.

Si se plantea, como en el punto anterior, las diferencias en términos de compensación intergéneros, obtenemos los datos que se muestran en el gráfico siguiente (4), que presenta estas diferencias tomando como base la suma de las posiciones de compensación media y alta y la comparación entre hombres y mujeres.

Todas las diferencias entre géneros son estadísticamente significativas, dado que los hombres tienden a declarar en bastante mayor proporción la compensación de comportamientos, ya sea en grado alto o medio. Especialmente distanciados aparecen los géneros en aquellos elementos cuyos porcentajes globales de atractivo son muy bajos, como “conducir bajo los efectos del alcohol y otras drogas”, que globalmente solo interesa al 6.1%, pero que desagregado por género compensa al 9% de los hombres frente al 3% de las mujeres; o  “consumir cocaína” ( un 6.8% global pero un 10% de los hombres por apenas el 4% de las mujeres), colgar fotos en RRSS (14.2% de los hombres vs 4.8% de las mujeres), “participar en peleas” (14.3% por 5.6% ,respectivamente) o “no usar preservativo” que compensa casi al 20% de los hombres y “solo” al 8.5% de las mujeres.

Distancias valorativas importantes también pero menos abruptas para el resto de elementos propuestos; “fumar porros” compensa al 26.2% de los hombres frente al 20.5% de las mujeres. La “conducción a alta velocidad” atrae casi al 30% de los hombres por un comparativamente escaso 18% de las mujeres. O estar “enganchado a las RRSS”, atractivo para el 41.8% de hombres vs un 35.7% de las mujeres. 

Es necesario entender desde qué óptica se aborda esta compensación de los riesgos pues hay que suponer que existe un cálculo sobre la probabilidad de asumir consecuencias, basadas en la demora de los efectos e incluso de su completa evitación, de los posibles beneficios, e incluso también de la credibilidad de los discursos públicos y privados que explicitan los diferentes riesgos o bien sus alternativas. Ya se señalaba en las conclusiones de “La lectura juvenil de los riesgos de las drogas” (Nota 1) : “En el riesgo siempre hay también una oportunidad. (….) junto con la dimensión de peligrosidad, existen unos beneficios que tienen que ser también considerados: no puede entenderse el riesgo si no se entiende que también hay ventajas en el comportamiento de referencia, y no se puede analizar en profundidad la calidad de las amenazas si no se estudian simultáneamente los beneficios, las ventajas, que están en juego”.

Ahora bien, el análisis de oportunidades y compensaciones que los y las jóvenes realizan no es inamovible. No cabe duda de que las posiciones ante riesgos y beneficios son al menos en parte un constructo social y que, como tal, está sujeto a influencias que lo condicionan, especialmente por parte de los discursos públicos (medios de comunicación, institucionales, etc.) acerca de los mismos. Un pequeño análisis de la evolución de las posturas ante los riesgos y sus posibles compensaciones visualiza ciertas modificaciones, al menos en lo discursivo, en el transcurso de los años. En el estudio citado anteriormente se planteaba en uno de los apartados de la encuesta las mismas preguntas acerca de la compensación de riesgos en determinados comportamientos que estamos analizando en el barómetro actual. El gráfico 5 presenta los resultados comparativos entre los resultados de este estudio y los datos del barómetro de 2017, en los puntos de la escala que reflejan “no compensa nada” (de 1 a 3 en el estudio de 2008 y de 0 a 3 en el año 2017). Hay que tener en cuenta que el estudio de 2008 tomaba como público a jóvenes entre los 15 y 24 años, corte de edad que también ha sido aplicado a los datos de 2017.

Para los elementos que son comparables entre ambas series (“conducir bajo los efectos de las drogas y alcohol”, “no usar preservativo”, “fumar porros” y “tener peleas”), los porcentajes de “no compensa nada” se incrementan notablemente desde el año 2008, es decir, existe una percepción de mayor riesgo y de mucha menor compensación en su realización. Especialmente relevantes son las diferencias para “no usar preservativo”, que incrementa espectacularmente el número de jóvenes que afirman que no compensa en absoluto; de 62.6% del 2008 se pasa al 86.1% del barómetro 2017. Menores pero importantes aumentos para el resto de elementos. La conducción bajo los efectos de alcohol y otras drogas sube del 87.2% del 2008 al 94.2% del barómetro actual. Diez puntos porcentuales se incrementa el porcentaje de jóvenes que declaran que no compensa nada el “fumar porros” (del 66,8% al 76.7%) y ocho puntos exactos los que declaran que no compensa nada el “tener peleas”, de 80.6% al 88.6%.

Cambios suficientemente trascendentales en la década que pasa entre una y otra serie de datos, y previsiblemente efecto en buena medida de los discursos oficiales públicos y también de los privados (familia, etc.) acerca del riesgo y la problematización de ciertos comportamientos. Ambos sexos participan de manera uniforme de estos cambios perceptivos, aunque levemente desigual, como puede comprobarse en el gráfico 6.

Para “conducir bajo los efectos del alcohol y otras drogas” ambos géneros incrementan de manera muy similar los porcentajes de baja o nula compensación, casi el 7% para los hombres y un 6.3% para las mujeres. Algo similar en el comportamiento que más incrementa las posiciones de nula compensación, “no usar preservativo”, crecimiento que lideran las mujeres por escaso margen; 24% para ellas frente al casi 23% de ellos.  Más evidente es el caso de “tener peleas”, donde las mujeres que declaran nula compensación suben casi el 10% desde 2008 frente a un incremento del 5.95 entre los hombres. El único caso en el que las mujeres presentan menores tasas de incremento es en “fumar porros”, donde ellas solo aumentan un 3.8% frente a un 7.5% de hombres.

Las conclusiones de este análisis son bastante evidentes. Las sensaciones de seguridad o, si así queremos denominarlo, de cierta invulnerabilidad frente a los riesgos contextuales están bastante extendidas en una parte muy significativa de jóvenes, especialmente entre los hombres, aunque no pocas mujeres se posicionan en el mismo punto. Asimismo, también una buena parte de los y las jóvenes son proclives a adoptar ciertas conductas pues los beneficios compensan los riesgos a afrontar.  No podemos analizar en este punto si esta sensación de “estar a salvo” que manifiestan muchos jóvenes deviene de la exposición constante a ciertos riesgos, al menos desde un punto de vista social y mediático, pues estos riesgos y sus consecuencias están muy presentes en el día a día mediante noticias, campañas institucionales y, mucho más cerca de su cotidianeidad, en las redes de pares, familiares, etc. Pudiera ser que la continua exposición debilitara la sensación de peligro asociado, porque éstos se incluyen y asimilan dentro de los actuales parámetros sociales (ya se decía en “La sociedad del riesgo, de Ulrich Beck) y así, la asunción de estos queda más “normalizada” e integrada como un elemento más del desarrollo individual y social de los y las jóvenes.

Notas:

(1)  Rodríguez et al (2008: 364). "La lectura juvenil de los riesgos de las drogas; del estereotipo a la complejidad". FAD. Madrid.

 

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