Usos tecnológicos y mediaciones

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En los últimos meses el Centro Reina Sofía sobre adolescencia y juventud ha publicado varios estudios de gran relevancia para el conocimiento de los usos de las TIC por parte de jóvenes y adolescentes. Se trata de los informes Las TIC y su influencia en la socialización de adolescentes (Ballesteros Guerra, JC; Picazo Sánchez, L. 2019); Jóvenes en el mundo virtual: usos, prácticas y riesgos (Megías Quirós, I; Rodríguez San Julián, E. 2018) y Jóvenes en la encrucijada digital. Itinerarios de socialización y desigualdad en los entornos digitales (Gordo López, A.; De Rivera, J.; Díaz Catalán, C.; García Arnau, A. 2019). Este conjunto de análisis ofrece una mirada coral que, desde diferentes miradas y con distintos objetivos, permite poner sobre la mesa algunas cuestiones básicas en relación con el papel de las tecnologías de la información y la comunicación en los procesos de socialización de adolescentes y jóvenes.

Los usos y competencias digitales son parte también de los indicadores que configuran el Índice Sintético de Desarrollo Juvenil del ProyectoScopio y, de hecho, el universo de las TIC es una de las cinco dimensiones que componen dicho índice, a través de un conjunto de indicadores básicos orientados, por una parte, a la penetración de dichas tecnologías y la accesibilidad a internet y, por otra, en las competencias digitales.

La penetración de las TIC entre la población joven es altísima, y la accesibilidad a internet es prácticamente absoluta (con tasas cercanas al 100%) por lo que el indicador que se refiere a la evolución de las competencias digitales (en concreto la tasa de jóvenes con un alto nivel de competencias en el uso de ordenadores) es mucho más relevante y sensible para poder percibir cambios a lo largo del tiempo (que es el objetivo básico del índice sintético) y poder analizar también cuestiones claves como las diferencias y las brechas entre distintos colectivos dentro de la población joven.

De hecho, como ya se explicitó en el primer análisis del indicador, lo más significativo con los datos comparables en las estadísticas oficiales de 2014 era la brecha de género, negativa para las chicas en todos los países (con una diferencia media de -14 puntos porcentuales) aunque España era entonces uno de los países donde la diferencia por sexo era menor. Además, se señalaba en ese momento que la tasa de jóvenes con altas competencias es más alta en España que en la media de la UE, tanto en el caso de los chicos (56% frente a 52%) como de las chicas (49% frente a 38%).

Los datos más actuales disponibles (2017) muestran varias cosas. En primer lugar, que la tasa crece en la UE del 45% al 54%, y también en España (del 52% al 57%); también que ese crecimiento es algo superior en la media de la UE, aunque la tasa de jóvenes con altas competencias digitales sigue siendo más alta en España que en el conjunto de la UE. Y, en tercer lugar, que el crecimiento se debe, fundamentalmente a la mejora de la tasa entre las mujeres que, de hecho, en España supera la de los varones pasando del 49% en 2014 al 58% en 2017.


Fuente: ProyectoScopio/Indicadores TIC (CRS/Fad)

Al objetivo de análisis propio del ProyectoScopio se unen los tres informes publicados que aportan elementos explicativos de enorme importancia para poder comprender las evoluciones del fenómeno y sus aristas.

En Las TIC y su influencia en la socialización de adolescentes (Ballesteros Guerra, JC; Picazo Sánchez, L. 2019) encontramos una potente caracterización de los usos tecnológicos de jóvenes y adolescentes, así como de los procesos y agentes que operan en el desarrollo de competencias en la materia.

Este estudio, como no puede ser de otra manera, comienza confirmando lo que llama la “integración plena” de las TIC en la vida del colectivo: la inmensa mayoría dispone de uno o varios dispositivos, sobre todo Smartphone (cerca del 90%) y cerca del 75% dice contar con entre 3 y 5 dispositivos para su uso personal. También que los usos son múltiples y tremendamente versátiles, siendo mayoritarios los que tienen que ver con el disfrute personal (sobre todo escuchar música) pero también la búsqueda de información y documentación tanto para estudios o trabajo como para la organización de la vida cotidiana (actividades, viajes…) y el contacto con otras personas.

Los y las adolescentes reconocen estar muy pendientes de las pantallas, pero hay que tener en cuenta que este hecho no se asocia en general al aislamiento, sino más bien al contrario: un 72% dice estar permanentemente pendiente del móvil, fundamentalmente para estar en contacto con personas cercanas, tanto con la familia como, sobre todo, con las y los amigos especialmente cuando se trata del uso de redes sociales.

Tanto las herramientas de mensajería instantánea como las redes sociales se usan fundamentalmente para estar en conexión con amistades (también con la familia). La mensajería fundamentalmente para hablar y planificar actividades; las redes para conocer y estar pendiente de las actividades de otros, sobre todo amigos y amigas.

Más del 90% de adolescentes entre 14 y 16 años tiene perfil en las redes sociales, y el 62% más de uno. Y reconocen en estas herramientas claras ventajas para facilitar el encuentro y poder mostrar facetas que no se pueden compartir de otra manera; cerca del 40% cree que la manera de relacionarse a través de las redes expresa las maneras de ser, e incluso que mejoran las relaciones personales. Todo ello sin negar los límites de la comunicación virtual de los que, al menos formalmente, son conscientes: una inmensa mayoría reconoce que se miente en las redes, y que se distorsiona la imagen personal; que restan tiempo para otras actividades, que ofrecen espacio para la comunicación, pero limitado y controlado. Una mirada a las herramientas virtuales desde dentro, que no cuestiona su uso sino más bien al contrario, y que acepta conscientemente sus reglas de juego: presentarse es exponerse; exponerse es mostrar lo que se quiere de uno o una misma, y esperar respuesta y aprobación con un claro sometimiento afectivo al like inmediato.

Pero junto a la comunicación interpersonal está el uso para apoyar las tareas cotidianas, incluidas las escolares, de tal manera que más del 70% dice usar las redes para buscar información y facilitar la realización de las tareas propias del estudio y la formación. Y siendo el espacio educativo uno de los privilegiados para el uso de las TIC, los y las adolescentes no encuentran en la escuela una referencia de formación solvente para el desarrollo de este tipo de capacidades, con las que cuentan de forma mucho más autodidacta o adquirida entre amistades y de manera informal.

En la escuela se enseña, sobre todo, a editar textos, crear presentaciones y encontrar información en internet, y menos de la cuarta parte de adolescentes dice haber recibido en el centro escolar formación para valorar la información que se encuentra en internet de forma crítica. Tampoco se aprende en el ámbito escolar a gestionar la seguridad en la red ni a crear materiales y espacios propios, como blogs, videos, etc. A pesar de lo cual, porcentajes altísimos de adolescentes dice saber cómo manejar cuestiones de seguridad (proteger dispositivos, bloquear mensajes indeseados, borrar historiales, cambiar la configuración de privacidad…); y también editar textos e información (en menor medida bases de datos) y usar dispositivos para descargar aplicaciones, conectarse a redes móviles, publicar en web, acceder a documentos y contactos, etc. Es decir, la mayoría de adolescentes son capaces de manejar y manejarse virtualmente a pesar de que no cuenten con el acompañamiento y la formación desde sus referentes educativos formales.

Es extremadamente relevante el escaso papel mediador en el aprendizaje y el uso de las TIC que ejercen la escuela y la familia. Es muy bajo el apoyo que se percibe para adentrarse en las distintas necesidades tecnológicas y orientar el aprendizaje, sobre todo desde el espacio escolar. Y es, también, muy relevante que la mayoría del conocimiento de que se dispone provenga del autoaprendizaje, a través de tutoriales o recursos en internet o, en su caso, consultas entre amistades.

Además, no deja de ser muy expresivo que este apoyo, cuando existe, se considere muy bajo tanto en lo que respecta a cuestiones operativas sobre el manejo y funcionamiento de los soportes (¿cómo hacer? ¿Cómo encontrar?), como en lo que tiene que ver con aspectos actitudinales, relativos a las maneras de actuar y posicionarse ante las herramientas y los espacios virtuales.

No extraña, en el marco de este escenario, que los y las adolescentes se consideren mucho más capaces y hábiles en el manejo tecnológico que sus padres, madres y docentes: casi el 70% cree que cuenta con mucha o bastante más capacidad que sus progenitores y el 38% opina lo mismo respecto a sus profesores.

Sin embargo, aproximadamente la mitad se considera bastante igual a sus iguales, tanto amistades como personas de su misma edad. Sin que se pueda obviar que casi el 40% se siente algo o más capacitado que sus amistades o coetáneos y que existe un minoritario pero importante porcentaje que cree que sus habilidades son inferiores.

Frente al escenario de las capacidades y las mediaciones, el estudio Jóvenes en el mundo virtual: usos, prácticas y riesgos (Megías Quirós, I; Rodríguez San Julián, E. 2018) se centra en el reconocimiento y manejo de los espacios de riesgo en los entornos virtuales.

Partiendo de la misma constatación del uso mayoritario de los diferentes dispositivos y la presencia constante en redes y espacios de comunicación e información virtuales, el informe refleja un aumento en la proporción de jóvenes que considera que el tiempo que se destina a internet y las redes sociales en general es excesivo.

Se pone de manifiesto el contexto y la realidad de los riesgos que se afrontan y se reconocen en este tipo de usos, mostrando un claro aumento de la percepción de diferentes tipos de riesgos y prácticas indeseables. Por ejemplo, una amplia mayoría (70%) considera muy frecuente, incluso más de lo que se piensa en general, la existencia de riesgos de acoso virtual; porcentaje que, además, habría aumentado en más de 13 puntos desde 2015. De entre este tipo de prácticas y riesgos se destaca fundamentalmente el ciberbulling y el envío inapropiado de imágenes personales, en ambos casos percibidos como riesgos de frecuencia muy alta por parte de más del 60% de adolescentes y jóvenes en 2018, aumentando desde 2015.

En general los riesgos que reconocen y destacan los y las jóvenes tienen que ver tanto de su propia actividad como de los contenidos que encuentran en la red. De la propia actividad surge el arrepentimiento por haber enviado y/o compartido contenidos que, a posteriori, han generado consecuencias no esperadas negativas.

Pero también existe un porcentaje importante de jóvenes entre 14 y 24 años que dice haber visitado en el último año webs de contenido duro y peligroso. En concreto se alude a páginas sobre cómo autolesionarse (21%); cómo hacer daño a otras personas (23%) o relacionadas con anorexia/bulimia (28,6%), entre otras.

También casi uno de cada tres jóvenes de estas edades declara haber sufrido algún tipo de maltrato por internet o redes sociales (bromas personales que no gustan, actos de exclusión, insultos, amenazas, etc.) y casi el 10% reconoce haber ejercido este tipo de maltrato.

Y volviendo a las mediaciones y ayudas destaca que el 43% de los y las jóvenes manifiesta haber tenido que pedir ayuda o consejo sobre situaciones que le surgieron en Internet o redes sociales y que no pudieron resolver de forma individual. Una vez más, cuando tales dificultades aparecen, los amigos y amigas son, con mucha diferencia, las personas a las que se suele acudir (78%), frente al 29,6% recurre a sus familiares (padre, madre o hermanos/as) y el escaso 10% que dice recurrir a sus profesores.

Para completar el panorama, el informe Jóvenes en la encrucijada digital. Itinerarios de socialización y desigualdad en los entornos digitales (Gordo López, A.; De Rivera, J.; Díaz Catalán, C.; García Arnau, A. 2019) ha aportado un modelo teórico, elaborado mediante la consulta a personas expertas (tanto analistas del fenómeno como los y las propios protagonistas, padres, madres y docentes), sobre la relevancia de diferentes aspectos en el manejo y las capacidades tecnológicas teniendo en cuenta los riesgos derivados de las brechas sociales, culturales y económicas.

En este modelo se ha sometido a valoración la relación e influencia entre variables estructurales relativas al aprendizaje tecnológico (mediaciones y estilos de aprendizaje), las variables relativas a las brechas socio tecnológicas (clase social y género específicamente) y las socioeconómicas (capital económico, cultural y social) con el nivel de exposición e identificación en las redes sociales.

Si el punto de partida del modelo teórico suponía la relevancia de las condiciones socio estructurales y las brechas de origen como los principales condicionantes en los riesgos que afectan a la socialización en los entornos digitales, las conclusiones obtenidas ponen de manifiesto que son las mediaciones activas y las prácticas de apoyo mutuo las que deben contribuir fundamentalmente a mitigar y reorientar dichos riesgos y que, tal como se explicita en el propio texto fomentar la mediación escolar o el desarrollo de relaciones de apoyo mutuo entre jóvenes puede amortiguar las diferencias sociales, y posibilitar la socialización digital exitosa, y lo que es más que la posibilidad de desarrollar comportamientos problemáticos depende más de las estrategias de mediación activa y del estilo de aprendizaje que del nivel socioeconómico y cultural de las familias.

Parece evidente nos encontramos ante el reto de asumir la responsabilidad educativa en lo que respecta a las cuestiones tecnológicas, que la sociedad adulta hace ya tiempo que consideró que eran temas de jóvenes, y que eran las y los propios jóvenes quienes sabían y debían asumir por su cuenta.

 

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