Las posiciones de las y los jóvenes ante el género y la desigualdad

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El Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de Fad, Banco Santander y Telefónica, han hecho público en fechas recientes el “I Informe Jóvenes y Género. La (in)consciencia de equidad de la población joven en España”. En él se analizan las actitudes de los y las jóvenes españoles de entre 15 y 29 años hacia las relaciones entre géneros en temas como la amistad, la pareja, la sexualidad, los roles de género o la percepción de desigualdad. Todo ello poniendo el acento analítico en las diferencias o semejanzas opináticas entre hombres y mujeres en estos temas.

El informe culmina con la elaboración de una tipología, construida a partir de la suma de las percepciones y valoraciones en todas estas cuestiones, que agrupa y clasifica a los y las jóvenes en diversos tipos, según sus posiciones hacia las relaciones de género. Cada tipo, cada grupo conformado, reúne en sí mismo a un conjunto de jóvenes que se parecen entre sí y que, a su vez, son diferentes actitudinalmente al resto de grupos o tipos.

El resultado es una tipología compuesta por tres grandes grupos de jóvenes en función de las ideas y posicionamientos respecto al género. De forma muy resumida, la caracterización de estos grupos es la siguiente: Un grupo definido como “conscientes y equitativas” (C1), cuyo rasgo más distintivo es su mayor oposición a las ideas más tradicionales sobre la feminidad y la masculinidad, y sobre la diferencia de roles en la familia y en la pareja. Por ejemplo, rechazan en gran medida que las mujeres tengan exclusivamente un papel tradicional (hogar, crianza de hijos, etc.). y muestran una oposición muy aguda hacia otras posiciones estereotipadas y creencias sexistas respecto a las relaciones sexuales, de pareja, amistad, etc. que otros jóvenes dan por más ciertas y aceptables.

Representación de la tipología


Otro grupo ha sido caracterizado como “tradicionales y sexistas” (C2), ya que promedian a posiciones más machistas en general, sosteniendo con vehemencia todos los planteamientos más sexistas, desigualitarios y estereotipados respecto al género. Por ejemplo, se muestran más convencidos que el resto de jóvenes de que las mujeres están interesadas sobre todo en crear un hogar y tener hijos; de que ser ama de casa es tan gratificante como trabajar fuera del hogar, de que cuando la madre trabaja fuera de casa la vida familiar se resiente y de que cuando la madre (también el padre) trabaja fuera de casa la relación con hijos e hijas no es tan cálida. No enfatizan demasiado en la necesidad de aplicar medidas para corregir las desigualdades de género, pues no creen que estas sean agudas.

El último tipo, denominado “negacionistas conservadores” (C3), se identifican con ideas de pareja y de las relaciones muy opresivas y estrictas, en general bastante tradicionalistas, pero a veces contradictorias. Por ejemplo, niegan la importancia de que las dos personas puedan tomar decisiones en la pareja y la necesidad de tener un espacio propio, pero a la vez rechazan más que el resto que tener pareja implique una entrega absoluta a la otra persona, que tener pareja reste libertad o que sea importante la fidelidad. Pero lo que más les señala como grupo es su mayor oposición a cualquiera de las posibles medidas para favorecer la equidad y la igualdad de oportunidades.

En el fondo de estos diferentes tipos subyace la disímil percepción de las desigualdades de género globales (es decir, si piensan que en España las desigualdades son de mayor o menor entidad) diferencias que son consecuencia, entre otros factores, de la suma de posiciones y creencias de los y las jóvenes manifiestan ante los distintos elementos estudiados de las relaciones de género.

De ello se desprende que en el tipo de conscientes y equitativas, los y las jóvenes que se agrupan en el mismo piensan de manera mayoritaria que estas diferencias son grandes, idea que correlaciona altamente con su posición más proactiva hacia la igualdad de género. Estas percepciones disminuyen de intensidad, sea en mayor o menor grado, en los dos grupos restantes, dado que en estos predominan posiciones que más orientadas hacia el machismo.

Naturalmente, no podemos estudiar la evolución temporal de este modelo de tipología de jóvenes, dado su creación ad-hoc para este informe, pero, al menos, podemos analizar como estas percepciones sobre desigualdad han evolucionado en entre los y las jóvenes españoles.

La evolución de los datos sobre las percepciones acerca de la desigualdad muestra que las calificaciones sobre la gravedad de la misma parecen mantenerse o, en todo caso, aumentar muy ligeramente, aunque de forma algo irregular, entre los y las jóvenes españoles desde el año 2008(tabla 1). En ese año, el 54.9% de los chicos y chicas consideraba que las desigualdades en España eran “grandes o muy grandes”; en el 2013, el 53% y en este 2017 el 56.4%.

La leve bajada entre la percepción de desigualdad entre los años 2008 y 2013 puede tener cierta explicación si consideramos el contexto económico y social de ese periodo y concretamente del año 2013, uno de los peores de la reciente crisis, donde las más que graves dificultades por las que atravesaba el país pudieron tender a difuminar algo el problema de la desigualdad entre géneros. Pese a este matiz, cierto sostenimiento histórico, pues, de la percepción sobre las grandes o muy grandes desigualdades señaladas por una mayoría de jóvenes, más del 50% para todos los años.

Sin embargo, son ellas las que históricamente muestran mayores niveles de sensibilidad hacia esta materia, apreciación que ya se reflejaba el informe de 2017. Por sexos, la evolución de esta percepción desde 2008 es muy pareja en cuanto a su incremento, pero muy distintiva en cuanto al sexo considerado (Tabla 2)

Las mujeres siempre son, en esta serie temporal, mucho más propensas a remarcar las desigualdades, sean grandes o muy grandes, que existen en nuestro país mientras que la posición de ellos, pese a haber evolucionado también hacia una mayor sensibilidad sobre el tema, siempre se muestra bastante más distante porcentualmente hablando. Desde el 40,6% de los hombres jóvenes que en 2008 señalaban estas diferencias como “grandes o muy grandes” se pasa al 43.7% del año 2013 y culmina en el 46.2% del barómetro de 2017. En todo caso, siempre menos de la mitad de los hombres jóvenes. Ellas, por el contrario, como poco han rondado proporciones cercanas al 60% (58,4% en el 2008) para pasar a casi el 67% en 2017. No en vano, la mayor conciencia femenina en este aspecto se traduce en las tipologías del monográfico; en el grupo denominado “conscientes y equitativas” predominan de manera amplia las mujeres, como se señalaba en el capítulo correspondiente.

Esta percepción general de sostenimiento de la desigualdad en el tiempo se ve reflejada de forma bastante irregular cuando se pregunta a los y las jóvenes por los ámbitos o contextos específicos donde tienen lugar o se experimentan en mayor o menor medida estas desigualdades. En los estudios considerados en la serie temporal analizada se preguntaba, precisamente, por la situación de las mujeres, en comparación con los hombres, en varios elementos como salarios, empleo, acceso a puestos de responsabilidad en la empresa e instituciones políticas o en la compatibilidad entre la vida laboral y la familiar (Tabla 3).

Sorprende, analizando los datos (ver 1), que el sostenimiento o ligero incremento de la percepción de desigualdad global que hemos observado en los datos anteriores no va acompañado de la misma tendencia valorativa cuando se habla de temas concretos de desigualdad. Es más, en muchos de ellos la situación de las mujeres parece, si no haber mejorado, aparenta ser menos mala, en opinión de los jóvenes consultados (Tabla 3) en el transcurso de los años. En otros aspectos o ámbitos, al contrario, la percepción es que su posición con respecto al hombre ha empeorado de forma notoria. 

La igualdad salarial, por ejemplo, es uno de los temas donde una buena parte de los y las jóvenes piensa que la situación de la mujer con respecto al hombre es “menos mala” (sería imposible calificarla de mejor) en estos años. En 2008, 3 de cada 4 jóvenes (75,4%) pensaba que la mujer estaba peor que los hombres, un dato absolutamente espectacular. Esta casi unánime percepción sobre la peor situación de ellas frente a ellos se rompe de forma abrupta en 2013; en ese año, el porcentaje que opina que ellas están peor en cuestión de salarios baja hasta el 63,1%. Y sube ligeramente en el 2017, hasta el 65,5%.

En las oportunidades para encontrar un empleo pasa algo parecido. No es tan llamativo como el dato sobre la igualdad salarial, pero un abultado 56,3% de los y las jóvenes opinaban que las mujeres lo tenían “peor” que los hombres en oportunidades laborales en el año 2008; pero en el 2013 esta cifra cae espectacularmente, de forma mucho más brusca que el anterior indicador de salarios, hasta el 34,9%. Y se incrementa de manera sensible en el 2017 hasta alcanzar el 45,1%.

Una posible explicación, seguramente sumada a otros factores, a estos decrementos en las posiciones negativas de la mujer frente al hombre en lo referido a salarios y oportunidades para el empleo, que en el 2013 son muy notorios con respecto al 2008, puede estar debido a los efectos de crisis económica, ya apuntados anteriormente, que tienen a igualar a la baja las perspectivas de cada género. Es decir, que el contexto- y lo que es más importante, la percepción del mismo- era especialmente delicado tanto para hombres como para mujeres. Ambos, por ejemplo, soportaron unas elevadas tasas de paro. Una vez la situación económica toma un camino más positivo, situación que se da a partir del bienio 2014-2015, la valoración negativa de la posición de la mujer con respecto al hombre vuelve a incrementarse, aunque sin llegar a los niveles del año 2008. Es absolutamente cierto que no puede obviarse el contexto en al análisis de las diferencias de género.

En las posibilidades de compaginar vida laboral y profesional también encontramos variaciones muy sustanciales entre el 2008 y el año 2017; casi 60% de los y las jóvenes pensaba en el 2008 que ellas tenían más dificultades que ellos para equilibrar las esferas personal y laboral, proporción que subía ligeramente hasta el 62,8% en 2013. Pero en 2017 se registra un brusco descenso, pues baja hasta el 44,5% de los chicos y chicas. Este abrupto cambo de tendencia entre el 2013 y 2017 puede deberse a muchos factores. Entre ellos, al intenso debate público en los últimos años sobre las medidas de conciliación laboral y familiar -en el que han participado y ponen voz desde organizaciones políticas, instituciones, amplios sectores de la sociedad civil, etc.- y al intento de puesta en marcha de medidas legislativas conducentes a ello. Y pese a que no se conozcan sus efectos, su simple presencia en el debate público puede hacer que las perceptivas sobre el asunto mejoren, tengan o no efecto o se lleven a cabo o no finalmente tales medidas.

Cabe mencionar, por último, los dos indicadores de desigualdad que muestran una evolución más sorprendente y, realmente, casi a contracorriente de los anteriores. Se trata de la participación en la vida política de las mujeres, “acceso a puestos de responsabilidad en la política” y en la alta dirección de las empresas, “acceso a puestos de responsabilidad en las empresas”, el llamado “techo de cristal”.

En la vida política, la visión de la participación de la mujer en la misma es excepcionalmente negativa y en el transcurso de los años pasados desde el 2008 parecen haber perdido muchas posiciones, en opinión de los y las jóvenes. En 2008, ni la mitad de los hombres y mujeres pensaban que ellas lo tuvieran más difícil que ellos (43.9%). En 2013 se continúa con esta línea, con un ligero aumento de esta percepción, hasta el 46,5%. Pero en 2017 se produce un notable empeoramiento; la proporción de jóvenes que piensa que ellas tienen muchas más dificultades que ellos asciende al 57.8%. Las razones de esta percepción pueden ser muy complejas y exceden en este momento de las posibilidades de este artículo.

El lo que se refiere a la alta dirección empresarial, las perspectivas sobre la posición de las mujeres son más o menos iguales en la serie temporal, es decir, el porcentaje de jóvenes que piensan que la situación de ellas ha sufrido apenas variaciones; un 57.8% en 2008, ligero pero notorio descenso en el 2013 (52.2%) y regreso a las proporciones del 57.2% del año 2017. Hay que hacer notar que, en este año de 2017, las valoraciones de la posición de la mujer en política y puestos directivos son muy similares.
En suma, tenemos idea de ciertos elementos en la percepción de las desigualdades y en su evolución en estos años; en general, el indicador global de desigualdad no ha experimentado grandes variaciones en la década que va desde el 2008 hasta la actualidad y los jóvenes apenas notan cambios en el papel de la mujer. Pero otra cosa muy distinta es lo que ya se ha señalado; las igualdades o las desigualdades son percibidas de forma muy diferente en ciertos ámbitos.

NOTAS:

(1Pese a que las categorías no son absolutamente iguales entre los estudios, es posible leer los datos como una tendencia, con las debidas precauciones al igual que en el punto anterior.

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